11 de abr de 2016

  • Autopsia antes del fin

    Menéndez Salmón narra en 'El sistema', premio Biblioteca Breve, la extinción de un mundo futuro. La novela, seudodistopía de prosa eficaz, no propicia una adhesión condicional



    Sorprende que Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) haya incurrido en una constitución de sociedad futura, sirviéndose de arcaísmos alegóricos y solicitando el dudoso crédito de la inicial mayúscula. Esto último con un exceso más desorientador que expresivo, pues si Sistema, Historia Moderna, Realidad, Dado, Cubo, Caja, son configuraciones o estructuras, no cabe aplicar igual criptografía a términos como Narrador, Propios, Ajenos, que tienen otra distinción. Pero esta nomenclatura es tan privativa de la llamada novela distópica que, aunque El Sistema no es propiamente una distopía, se ampara en el género contaminándose de sus espinosos recursos. Un molde, por demás, muy permisivo, que acoge todo tipo de disquisiciones cuando se trata, como es el caso, de condolerse de la vecindad de un tiempo posthumano.


















    Las páginas de esta novela se proponen como un testimonio que precede a una extinción, pero no a la manera catastrofista, sino en una pausada evolución. El mundo que vendrá será distinto, o acaso no habrá ningún mundo y alguien debe notificar la pérdida. Esta tarea recae en el Narrador, al que conocemos aislado en un observatorio, “como un esbirro fiel”, vigilando que todo permanezca igual, atento a la intrusión de enemigos, de los Ajenos, pero a la vez cultivando una conciencia crítica, participando del Sistema y oponiéndose a él. Su insumisión no lo impulsa a la acción, sino a la insubordinación del pensamiento, a la escritura. De modo que el Narrador es un profeta del desafecto, con una misión que aspira a que “la Historia no devore su propia historia”.
    Inflada de inferencias filosóficas, estéticas, sociales, en ocasiones más complacientes para el autor que necesarias, la novela desarrolla el trayecto sinuoso del Narrador que lo aboca al desconcierto en tres espacios distintos que son tres formas de control: una Estación Meteorológica, en la que el miedo le revela el “declive del bienestar”; una Academia del Sueño, donde se descubre “súbdito de la química”; y la gabarra Aurora, “un organismo más grande por dentro que por fuera”, que lo instala en la importancia del Juego. Partes que se corresponden con el Cuaderno del Él, el Cuaderno del Yo y el Cuaderno del Tú, al que se añadirá, a modo de epílogo, el capítulo titulado ‘En la Cosa’, que prefigura la invalidez de los “antiguos parámetro”», pero también la falacia de los cuadernos al intentar “generar orden, rigor y limpieza”, lo que impone en el Narrador la resignación del consuelo, una palabra que encuentra “justa, precisa, tolerable” y lo libera de ser “juez y parte, agente y paciente, escultor y obra”.

    Las páginas de esta novela se proponen como un testimonio que precede a una extinción, pero no a la manera catastrofista, sino en una pausada evolución

    De no primar la eficaz prosa de Menéndez Salmón, envolvente y dúctil, pero en ocasiones impostada (“comprendió que la lluvia había cesado”), y el enérgico compromiso con la alianza entre filosofía y literatura del que se nutre su narrativa, ese armazón simbólico que he logrado esbozar no propicia una adhesión incondicional. Tiene esa pretensión que devora su significado, dirigido a mentes proclives a la infatuación trivial de un final de época.
    Y si hay sobradas razones para sentir consternación por el mundo actual, también el lamento es anacrónico, a un paso de situarse tristemente en la obviedad. Y ahí es donde El Sistema, en su híbrida condición de novela y ensayo, y a pesar de su propósito de totalidad, desfonda su propia ambición con la recurrencia a la salvación por la escritura. Una declaración de fe que, al enfatizarse, no se distingue de la perentoria obcecación de otra fe cualquiera.
    El Forense es aquí una figura que computa la invalidez de un régimen convertido en un enigma pavoroso. El cuadro de Rembrandt La lección de anatomía del doctor Tulp se menciona prolijamente y el Narrador reclama la identificación con el cadáver para “nutrir los combates de la retórica”. En efecto, El Sistema no es una distopía: es una autopsia.
    Fuente: EL PAÍS
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